Los ángeles en el cementerio de Polloe esperan a que el cielo se tiña de azul celeste para acompañar a las almas de los muertos a abandonar definitivamente esta tierra: a unos los llevan del brazo (casi no han podido atravesar la puerta), a otros les arrojan pétalos de flor (habrán acumulado méritos), a unos los anuncian con las ruidosas trompetas del Apocalipsis (no sabemos si irán a la izquierda o a la derecha del Padre) y a otros les ayudan a elevarse hacia lo alto del cielo.

Algunos instrumentos interpretan una música que vence la memoria del mármol y redime el silencio de las losas; no anuncian el final, sino el regreso, el leve amanecer de una nueva morada.

Y así velan, todo el día, de pie, entre las tumbas confiadas, recordando a los vivos que pronto les acompañarán a ellos.